lunes, 29 de octubre de 2007

Mata a tu jefe:

Hola amigo/a: Mata a tu jefe. Sigue mi consejo. Yo lo he hecho y sabe bien.

El suceso aconteció de la siguiente manera: Íbamos por la autopista, viajando de una visita a otra, de una ciudad a otra, pasando de un tema a otro y discutiendo como siempre. Nuestras discusiones suelen tener origen en la trascendentalidad que le damos a los problemas cotidianos, contribuyendo yo a la intensidad de la discusión con mi indiferencia cada vez mayor hacía ellos, quizá porque en el fondo no me interesan en absoluto y por eso puedo hablar con mayor libertad. Y no me interesan porque forman parte del enésimo trabajo que no tiene nada que ver conmigo, de la enésima frustración vital que, sumada a todas las cosas que odio y que quisiera desterrar de mi vida, me alejan cada vez más de cualquier objetivo personal, por más modesto que éste sea. Sólo sigo todos los días esperando mi momento y guardando estas experiencias en la mochila curricular con la vana esperanza de que algún día sirvan puntualmente de algo, como una caja de cerillas para un astronauta (sin comentarios).
El caso es que en un momento de esos viajes, mi jefe me echó una bronca monumental por una nimiedad que, para más INRI, poco tiene que ver con el hecho de ser un buen o mal empleado. En aquel momento se llenó el vaso. No valía la pena discutir y me quedé callado, comunicándome sólo con la indiferencia de mi gesto, respondiendo con frío silencio a los exabruptos del exaltado de mi jefe, que además es como Hitler pero bajito. Incluso se parece físicamente.
Lo que mi jefe ignoraba es que cada vez que abría la boca para soltar una de sus frases lapidarias dejaba paso a una de mis frustraciones vitales, de mis rabias, de mis odios, de mis desprecios, de mis tristezas y amarguras, penas, angustias, enfados, que se colaban por su boca y le iban hinchando la barriga como a un globo, pues tales negativismos son de su calaña y gusto, alimento de su alma, su fuerza y su talón de Aquiles, pasto de su desgraciada y miserable existencia y por eso le entran y nunca más le salen. Después se quedó callado, hinchado como una bola, leyendo un periódico que yo nunca leería.
Normalmente soy una persona bienintencionada y noble pero, cuando nada funciona o simplemente cuando me colapso, cuando no me queda otra fuerza o impulso en la vida, sólo soy capaz de funcionar con rabia, que es lo que me mantiene operativo y vivo, asumiendo el mando mi ego negro, tomando cuenta de mis actos mi otro yo, mi yo inteligente y cínico, pero un yo totalmente negro. Fue entonces cuando aconteció: En un giro inesperado de mi yo para mi otro yo pegué un volantazo, impactando el vehículo contra el raid de la autopista. El coche empezó a dar vueltas, giros y trompos.
La última imagen que vi de mi jefe fue su mirada perdida de accidentado, su cara ensangrentada y su boca exhalando todas mis frustraciones, penas, rabias y angustias y también las suyas, dejando paso a la serenidad de un cadáver y dándonos paz y descanso a ambos. Entonces comencé a perder la consciencia y en mi cara sólo quedó una sonrisa, última imagen de su retina, maléfica sonrisa que sucede al éxtasis generado por el momento sublime de la extrema violencia liberadora, siempre imaginada y reprimida, nunca osada.

Inmediatamente después desperté de nuevo al volante, con mi jefe incólume leyendo su puto periódico a mi lado. Es obvio que no lo maté realmente por varias razones, entre las cuales se encuentra el hecho de que me hubiera tenido que inmolar yo también, como los Kamikazes y, aunque hubiera sobrevivido, hubiera tenido que enfrentar otras consideraciones legales por el hecho de ser delito el asesinato. También hay que pensar en el resto de conductores, que no tiene la culpa de lo acontecido. Sin embargo, me cuesta mantener firme el pulso cuando conduzco con él a mi lado. Siento un dolor muy grande en la cabeza sólo por querer mantener el rumbo y preservar mi vida y la de mi jefe.

Tras lo sucedido y lo no sucedido y a pesar de la imposibilidad de mis anhelos, sigo cagándome en todo y desde entonces tengo la costumbre de matar a mi jefe todas las mañanas antes de ir a currar. Me quita el estrés.

Mr.X. Mata a tu jefe por ti.

6 comentarios:

mir dijo...

Es una buena forma de empezar el día; algo sangrienta pero, una buena forma de eliminar estres, al fin y al cabo. Suerte mañana.

TaNiT dijo...

Una propuesta genial Mr. X, era el empujoncito que estaba esperando y no necesito coger el avión para hacerlo. A partir de mañana, cada día del resto de días que me quedan por venir aquí antes de parir a mi hija, mataré a mi jefe, mataré a mis jefes, mataré a los cientos de jefes que hay hasta llegar a la jefa de recursos humanos y cuando llegue a ella será un crímen sangriento, su pelo rubio de Barbie-botox cincuentona teñido de rojo......

La madre de TaNiT (faltan 51 días)

TaNiT dijo...

Una propuesta genial Mr. X, era el empujoncito que estaba esperando y no necesito coger el avión para hacerlo. A partir de mañana, cada día del resto de días que me quedan por venir aquí antes de parir a mi hija, mataré a mi jefe, mataré a mis jefes, mataré a los cientos de jefes que hay hasta llegar a la jefa de recursos humanos y cuando llegue a ella será un crímen sangriento, su pelo rubio de Barbie-botox cincuentona teñido de rojo......

La madre de TaNiT (faltan 51 días)

sloth dijo...

Sin embargo, quién te asegura que algún día, en un momento de extremada lucidez, no traspasarás esa delgada línea que separa la realidad de la ficción. Ese pequeño matiz en forma de miedo, de empatía (los otros conductores no tienen la culpa...) o de simple pereza. ¿Por qué los suicidas no aprovechan su último hálito de vida para suicidarse CONTRA sus odiados jefes? Ahora me he dado miedo, ya ves qué tontería.

Mr.X. dijo...

Yo me doy miedo todos los días.

Anónimo dijo...

Creo que en la facultad de psicología de la UB buscan sujetos para estudios clínicos de trastorno bipolar grave.

Podrías presentarte. Tu persona seguro que sería de gran interés.

Saludos :)